EL PERDÓN DE DIOS Y SUS IMPLICANCIAS EN NUESTRAS RELACIONES

Claiton Ivan Pommerening

Claiton Ivan Pommerening es pastor auxiliar de las Asambleas de Dios en Joinville, Santa Catarina, Brasil; comentarista de las Lecciones Bíblicas de Escuela Dominical de la CPAD, y graduado en Teología y Ciencias Contables con doctorado y maestría en Teología en las Facultades EST.

El perdón otorgado por Dios hace que el creyente reflexione acerca de cómo debe comportarse con sus semejantes

El perdón es uno de los pilares del evangelio de Cristo y uno de los muchos frutos del amor. Sin el perdón el mundo estaría tomado por el resentimiento y por venganzas infinitas, al punto de volverse imposible la convivencia humana. Sería inimaginable e inhabitable un mundo sin la práctica del perdón. No habría futuro. Sin el perdón las personas vivirían en un constante estado de resentimiento unas contra las otras. Esta fue la forma en la que el ser humano vivía luego de su expulsión del paraíso como consecuencia del pecado; y logró restaurar el amor en las relaciones a través del perdón. Las relaciones humanas provocan heridas a los demás y a nosotros mismos, en este círculo vicioso de herir y ser herido, por eso es necesario perdonar al otro, pedir perdón y perdonarse a uno mismo.

El perdón de Dios como base del perdón relacional

El profeta Oseas es uno de los ejemplos más emblemáticos del Antiguo Testamento en cuanto al perdón de Dios. A pesar de las múltiples transgresiones de Gomer, la esposa de Oseas, él la amaba profundamente, fue en busca de ella, la acogió, la recibió nuevamente en su casa y, principalmente, la perdonó de sus múltiples adulterios, prostituciones e idolatrías.

El amor de Dios fue la forma que Jesús utilizó para responder a Pedro cuando este le preguntó cuántas veces debía perdonar a un hermano. Su respuesta pedagógica fue cuatrocientas noventa veces, pero no necesariamente eso significa que ese sea el límite. Luego, Jesús contó la parábola del siervo que no quería perdonar la deuda de cien monedas de plata a su deudor, cuando su rey había terminado de perdonarle la deuda de trescientas toneladas de plata a él. Jesús quería mostrar que si Dios había perdonado una deuda tan grande a un ser humano, ¿cómo esta misma persona no podía perdonar las deudas relacionales de aquellas personas que eran iguales a él, las cuales le debían infinitamente menos que aquello que Dios le había perdonado a él? (Mateo 18:21-35).

Esta misma lógica está presente en la oración del Padrenuestro: «Perdona nuestras deudas, así como nosotros también perdonamos a nuestros deudores» (Mateo 6:12). Esto fue subrayado por Jesús cuando afirmó que, si al orar, la persona se acuerda de alguna ofensa que le hicieron debe perdonarla para que el Padre Celestial también perdone al penitente (Marcos 11:25,26). El perdón es fruto de la obra de gracia de Cristo por aquellos que aceptan el don de la gracia del perdón divino; por lo tanto, el perdón es una sinergia entre la obra de Cristo y la voluntad humana. Y decimos voluntad porque es necesario racionalizar y comprender el perdón recibido, y decidir vivir en paz para perdonar a alguien.

La voluntad es auxiliada por la memoria que nos recuerda el hecho que nos dolió. Sin el auxilio de la memoria no hay nada que perdonar, pues la ofensa se puede resignar de forma errónea y esconder, sin embargo más adelante resurgirá como somatización de la enfermedad o aún como venganza. Solo con el recuerdo de la ofensa y el deseo de perdonar, en una actitud activada por la inteligencia para acceder a los recursos necesarios para la sanidad, es que se puede perdonar.

La culminación de la capacidad de amar de Jesús se produjo en la cruz, al tomar la culpa del mundo entero, siendo inocente y orando al Padre para que perdonase a sus victimarios que lo torturaron y crucificaron (Lucas 23:34). Por eso el perdón es, al mismo tiempo, una realidad humana y divina. En Cristo, el perdón se efectiviza en toda su plenitud, siendo Él al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre. Así, el ofendido y el ofensor, viviendo en Cristo, deciden reconciliarse a causa de aquello que Él hizo en la cruz, perdonando a sus ofensores, no solo a los allí presentes, sino a toda la humanidad caída (LAFFITTE, 1995, pp. 13 y 268).

El acto de perdonar es renuncia y entrega; es la renuncia al placer de la venganza y de la autoconmisceración del resentimiento. Mientras no se perdona se acciona el círculo vicioso de la maldad, en la cual se intenta vengar la injusticia sufrida de uno hacia el otro de forma infinita. Por medio del poder del perdón, se interrumpe el mecanismo de la venganza y de la violencia (HALÍK, 2016, p. 1606).

Obstáculos y beneficios del perdón

Las ofensas que exigen que haya perdón (LAFFITTE, 1999, pp. 36-40) pueden ser de orden físico, involucrando los bienes o la corporalidad; pueden ser ofensas psicológicas o afectivas, cuyas mayores consecuencias son las dificultades para amar y ser amado, y las de falta de reconocimiento de la reputación y de respeto, que hieren la sensibilidad; pueden ser ofensas intelectuales, generalmente ligadas a la mentira, al engaño, a la manipulación y a la violación del derecho a saber; pueden ser ofensas morales, que involucran la voluntad de elegir de alguien, que inclinan al sujeto hacia el mal, a la complicidad exigida, a la imposición por miedo y a que su voluntad sea pisoteada o aplastada; o puede tratarse de ofensas espirituales, que privan al ser humano del derecho al bien espiritual, caracterizándose por negarse a la reconciliación, por la práctica de la simonía, por la comercialización y la charlatanería de la fe, por el abuso espiritual, la corrupción de niños, la incitación a la idolatría –aún simbólica- y el ateísmo impuesto.

La ofensa genera inicialmente sentimientos de injusticia y desprestigio. El sentimiento tan herido puede disminuir o depurarse. En caso de que persista, crea la posibilidad del rencor, la ira, el odio y la venganza. La imaginación opera conjuntamente cuando crea situaciones reales o ficticias, tanto inventando como aumentando la ofensa, pues tal vez el ofensor no quiso decir o hacer aquello, pero la imaginación puede atribuirle un valor excesivo, aumentando aún más la ofensa. Si el individuo se siente ofendido por su inseguridad en cuanto a si es amado o no, o tuvo problemas por no haber recibido amor en su infancia o juventud, esa dinámica se ve aumentada aún más. El sentimiento, la imaginación y la inseguridad, de forma aislada o conjunta, generan resentimiento (sentir nuevamente).

El resentimiento de Caín hacia Abel lo llevó a matar a su hermano. En el Evangelio, el simple hecho de odiar al hermano es lo mismo que asesinarlo. Cuando se produce una ofensa, ya sea individual, colectiva, voluntaria o involuntaria, se crea una nueva situación que altera una relación entre el que ofende y el que es ofendido. Y la situación solo puede ser sanada mediante el perdón. Pero cuando el mal alcanza un cierto nivel de gravedad, cuando la víctima inocente ya no está, el perdón –ya tan difícil en la vida cotidiana- se vuelve humanamente imposible (SALLES, 2019), especialmente en los casos de violencia grave, como asesinato, terrorismo y estupro. No hay respuestas fáciles ante la pregunta de las ofensas irreparables e imperdonables; sin embargo, a través de la cruz de Cristo, la posibilidad del perdón es real.

Existe una cultura de resentimiento y de falta de perdón, tanto en las familias como en las instituciones y en la sociedad. Atribuir el fracaso de la sociedad o de la política a los demás o al enemigo, polarizándolo, es una señal de un gran resentimiento en una comunidad, lo que va generando la necesidad de reparación y sentimiento de venganza. Mientras una comunidad o persona se resiente con los demás, encuentra un subterfugio para no tratar sus propias heridas y pecados. Por lo tanto, el resentimiento es una especie de transferencia de culpa y expiación de las propias culpas. En algunos casos, la iglesia evangélica brasileña fue cooptada hacia este escenario a causa de la polarización política. La iglesia, como poseedora del evangelio de Jesús de Nazaret, aquel que perdonó aún a sus verdugos, debe volver al camino del perdón para promover una amplia sanidad de las heridas purulentas en las que la sociedad y la política brasileña fueron acometidas.

El resentimiento puede llevar a una agresividad pasiva, en el sentido de que, aunque la persona no se vengue directamente, se van desarrollando formas subjetivas y veladas de venganza, como la murmuración y la maledicencia, en una especie de autoengaño que va perjudicando al otro, y especialmente a sí mismo mediante consecuencias psicosomáticas, y la falta de alegría y paz interior.

Los verdugos, azotes y castigos que Jesús citó en la parábola del acreedor impiadoso (Mateo 18:21ss), los cuales fueron consecuencia de la falta de perdón por parte del siervo, que no perdonó la pequeña deuda, son las consecuencias emocionales de la falta de perdón. Hay investigaciones médicas que indican que diversas enfermedades psicosomáticas tienen su origen en la falta de perdón, en guardar rencor, en desear la venganza y en alimentar la rabia y el odio.

Existen personas que adquirieron el hábito cruel de vivir en un eterno malestar emocional, producto de la falta de perdonar a los demás, y muchas veces a ellos mismos, en una especie de auto sabotaje. A tal punto está grabado eso en sus estructuras de pensamiento que se sienten vacíos cuando no están hurgando en sus laberintos mentales dolidos. No perdonar alimenta el orgullo herido, la amargura, el resentimiento, el enojo, la acusación, el deseo de venganza, el odio, la espiral de violencia, la pérdida de libertad y de paz interior. La falta de perdón hace que la persona quede ligada a aquella que la hirió, girando continuamente en torno a ella, repitiendo lo malvada que es. «Perdonar significa, por lo tanto: Deshacerse de. En latín el vocablo es dimittere, echar fuera, despedir.» (GRÜN, 2019, p. 95).

Las consecuencias positivas de ser libres por haber perdonado son: la mejoría de la salud emocional, física, mental y, consecuentemente, de la salud espiritual. El perdón fortalece los lazos de relación, pues demuestra que en Cristo todos somos iguales y que Él nos da tanto la voluntad de perdonar como de ser perdonados. El perdón aún promueve la cultura de la no violencia, de la paz y de la armonía, trayendo placer y alegría en la comunión entre los hermanos.

Para que se produzca el perdón es necesario prescindir de la moralidad y de las exigencias de reparación, porque la moralidad implica hacer justicia, o al menos que se aplique una justicia justa, en el sentido de que aquel que practicó un hecho que hirió a alguien (ya sea una agresión real o simbólica) debe pagar por aquello que cometió. De esta forma, el pedido de reparación justa puede ser un obstáculo para el perdón. Cuando aquello es confundido con venganza, va generando un círculo vicioso de pedido de reparación hasta que alguien lo interrumpe con la práctica del perdón. Este tiene que ver con la restauración de la relación, mientras que la justicia esperando la reparación del daño no interfiera en el perdón, en caso contrario el perdón solo sería posible cuando hay reparación, y bíblicamente no existe tal exigencia para el que perdona. Esta misma lógica está presente en la supuesta necesidad de que, para que el ofendido pueda perdonar, el ofensor debe pedirle perdón. El perdón es independiente de la reparación o del pedido de perdón del otro, aunque es recomendable que haya un pedido de perdón (Mateo 5:24).

Superando la herida y reconstruyendo la confianza

Generalmente, en una situación de ofensa en la que se exige el pedido de perdón existe una relación de duplicidad, en el sentido de que difícilmente alguien es solo víctima y el otro villano. Son situaciones en las que las motivaciones recíprocas están involucradas en el que generó la ofensa. Eso lleva al hecho de que, para que haya perdón, es necesario también manifestar arrepentimiento por parte de quien realizó la ofensa, pero no siempre eso sucede. En ese caso, el ofendido debe superar ese obstáculo para que se efectivice el perdón, aún sin el consentimiento del ofensor. Para que haya reconciliación es crucial el reconocimiento de la condición humana de pecadores, caso contrario, se le exigirá una perfección moral al otro (Romanos 7:15,19) imposible de ser alcanzada en las relaciones y eso imposibilita el perdón (SUNG, 2007, p. 94-96). «La persona escrupulosa jamás experimenta el perdón simplemente porque jamás tomó conocimiento del carácter verdadero de su pecado» (HALÍK, 2016, p. 2804).

«Para que se produzca el perdón, y para que haya sanidad, es preciso que la persona tenga madurez emocional. Cuando el apóstol Pablo dice que no se ponga el sol sobre nuestro enojo (Efesios 4:26) se refería a la prisa por reparar la ofensa para que se solucione en el tiempo correcto, y así no correr el riesgo de provocar más heridas y otorgarle un perdón hipócrita por hacerlo de forma forzada antes de tiempo. Por eso, uno de los sentidos de la palabra “perdón” en latín es darse completamente (per+donare), como un donativo valioso, sin reservas ni contrapartidas. O sea, hay una pérdida del derecho de exigir reparación (en esta afirmación no está incluida la justicia impuesta por el Estado), especialmente en relación con el perdonar a los enemigos o cuando el mal es irreversible o incapaz de deshacer lo que se hizo mal (Hanna Arendt in: SALLES, 2019, p. 14). Aún la madurez emocional del perdón depende de una decisión racional de perdonar, en caso contrario se alimentará el deseo de venganza y de odio, y la persona ya no se enfocará más en el motivo de la ofensa sino en la simple alimentación del litigio con vistas al placer macabro. Al alimentar la venganza, el ofendido es tan malo como el agresor. Contrariamente a eso, es necesario decidir escoger el bien de las personas y no la venganza, y no ser definido por el mal sufrido sino librarse del dolor.

La racionalización exige que la ofensa sea sentida y vivenciada, sin sublimaciones o falsos olvidos, pues para que haya perdón de hecho es necesario sentir profundamente el dolor, para en seguida dar lugar al perdón. Por eso mismo, perdonar no es olvidar, «pues no se puede perdonar lo que se olvidó, lo que debe ser destruido es la duda y no la memoria» (SALLES, 2019, p. 429).

El perdón puede ejercerse no solo para remediar la ofensa, sino como la capacidad de no irritarse ni dejar que surja el resentimiento cuando hay motivos para ello. Jesús ejercía esta capacidad cuando dijo: «Soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11:29). Esta capacidad de Jesús, la cual se puede aprender de Él, traerá «descanso para el alma». La vida funciona mejor y se experimenta mucha paz cuando la persona no se siente ofendida por cualquier cosa, cuando no se resiente, cuando es capaz de ignorar las ofensas y pasar por alto las cosas que lo incomodan. Eso no significa quedarse quieto y guardar malos sentimientos en el corazón. Es simplemente no permitir ser alcanzado por aquello, sin guardar heridas ni resentimientos. Esto no impide que la persona sea blanco de injusticias y violencia, sino solo que no será alcanzada por la ofensa. Es la práctica de la «Santa Indiferencia» pregonada por Ignacio de Loyola. En este sentido, la mansedumbre precede a la necesidad de perdonar. Pero, obviamente, no siempre es posible ejercer la mansedumbre. Las emociones, en algunos casos, no son controlables sino que invaden el alma sin pedir permiso.

Conclusión

Ofrecer perdón real y verdadero, libre de ínfulas de piedad y de arrogancia, solo puede ser hecho por aquellos que son conscientes de que fueron perdonados por de Dios y por los demás, sabedores de la inmensa deuda que tienen para con el Padre celestial, la cual fue perdonada en Cristo. Esto nos vuelve más semejantes a Cristo, en la escalada de espiritualidad que somos desafiados a seguir.

Solo la plena satisfacción en el amor de Dios puede evitar rupturas, enemistades, desesperación y heridas, al descubrir que nadie es capaz de satisfacer los deseos más profundos de intimidad y compromiso, o cuando las personas actúan de forma contraria al amor, lo que puede generar resentimientos y amarguras. La convivencia humana, sin embargo, repleta de satisfacciones, comunión y alegría, será siempre precaria, limitada y muchas veces confusa, invadida por rencores, dolores y amarguras, pero es en ella donde debemos ejercer el ministerio dado por Dios y donde el amor se demuestra de manera intensa y profunda.

Corrie Ten Boom fue una mujer cristiana holandesa que, durante la ocupación nazi a Holanda, escondió junto con su familia a judíos en su casa. La Gestapo descubrió el escondite y llevó presa a Corrie, a su padre y a su hermana Betsie, quienes fueron enviados a los campos de concentración nazis. Su padre falleció pocos días después de haber sido encarcelado. Y su hermana Betsie murió por malos tratos. Luego de la guerra, Corrie dedicó el resto de su vida a predicar acerca del perdón y la reconciliación, inclusive encontrándose cara a cara con sus ofensores. Un gran ejemplo para nosotros.

Bibliografía

BOOM, Corrie Ten. O Refúgio Secreto [El Refugio Secreto]. Colombo: Pão Diário, 2016.

CHAMPLIN, R. N.; BENTES, J. M. Enciclopédia de Bíblia, Teologia e Filosofia [Enciclopedia de la Biblia, Teología y Filosofía]. Vol. 5. San Pablo, Brasil: Candeia, 1991.

ELWELL, Walter A. (Ed.). Enciclopedia Histórico-Teológica da Igreja Cristã [Enciclopedia Histórico-Teológica de la Iglesia Cristiana]. Vol. III. San Pablo, Brasil: Vida Nova, 1988.

GRÜN, Anselm. Cuidar de Si e do Outro [Cuidar de sí y de los demás]. Petrópolis: Vozes, 2019.

HALÍK, Tomás. Toque as feridas: sobre sofrimento, confiança e a arte da transformação [Toque las heridas: acerca del sufrimiento, la confianza y el arte de la transformación]. Petrópolis: Vozes, 2016.

LAFFITTE, Jean. O perdão transfigurado [El perdón transfigurado]. Lisboa: Instituto Piaget, 1995.

OLIVEIRA, José H. Barros de. Perdão: Teoria e Avaliação. Psicologia, Educação e Cultura [Perdón: Teoría y Evaluación. Psicología, Educación y Cultura], Colégio Internato dos Carvalhos, 2002, vol. VI, nº 2, pp. 303-320.

ORTLUND, Dane C. Manso e Humilde: o Coração de Cristo para Quem Peca e Para Quem Sofre [Manso y Humilde: el corazón de Cristo hacia el que peca y el que sufre]. Río de Janeiro: Thomas Nelson, 2021.

POMMERENING, Claiton Ivan. A Obra da Salvação [La obra de la salvación]. Río de Janeiro: CPAD, 2017.


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