Excelencia: el objetivo de la iglesia de Cristo

Los hijos de Dios deben buscar la excelencia como patrón divino y como deseo diario

Según el diccionario virtual Oxford Lenguajes, la palabra «excelencia» significa «calidad de lo que es excelente; calidad muy superior». Los cristianos de todas las épocas siempre buscaron servir a Dios con excelencia, y persistentemente anhelan alcanzar el patrón divino para sus vidas. En nuestros días, ese deseo no puede quedar en el olvido. No basta solo con ser eficientes en aquello que hacemos; debemos anhelar fervientemente alcanzar el modelo divino para nuestras vidas y servir a Dios con excelencia (Salmos 143:10; Santiago 1:17; 1 Pedro 1:17; Efesios 6:5,9; Colosenses 3:2,24; Efesios 5:22-6:4; Proverbios 22:29).

Como embajadores de Cristo y ciudadanos del cielo, la búsqueda de la excelencia, como patrón divino, debe ser nuestro deseo diario. En el cielo todo es perfecto, y todo lo que es perfecto viene de Él: Jesús. Esa perfección se refleja, a través de nuestras vidas, en aquellos que nos rodean, por eso urge que, como ciudadanos del cielo, anhelemos ser cónyuges excelentes, funcionarios excelentes, padres excelentes, ministros excelentes, etc. Debemos vivir como imitadores de Cristo, y nuestras acciones deben estar basadas en este principio. Debemos vivir como para el Señor.

A Satanás no le interesa que busquemos la excelencia ni tampoco los principios de vida que nos lleven a la excelencia del modelo divino. Cuando buscamos la excelencia según la voluntad de Dios, Él nos coloca en los lugares que escogió para cada uno de nosotros. Dios tiene un Santiago para Jerusalén, un Pedro para Judea, un Felipe para Samaria, un Juan para Asia, un Pablo para el mundo, y lo tiene a usted para estos días.

Un ciudadano del cielo se preocupa de obedecer a Dios y de cómo agradarlo por encima de todas las cosas. No le importa la recompensa ni tampoco pone en riesgo su vida de excelencia con promesas o propósitos vacíos, con el deseo solo de agradar a los hombres. Su mayor objetivo es agradar a Dios por encima de todas las cosas, pues servir a Dios con excelencia es servirlo de acuerdo con su voluntad, despreciando las ambiciones humanas y carnales.

Como ministros y líderes, debemos llevar a la iglesia a vivir la excelencia según el patrón divino, no con fundamentos carnales y humanos; no con una teología del agrado de la gente, ni con mensajes humanistas que han inundado hoy en día nuestros púlpitos. Volvamos a buscar a Dios y su poder con todas nuestras fuerzas. Que una vida de oración y de enseñanza de la Palabra de Dios vuelva a ser la prioridad en nuestro ministerio y no la secularización, que ha traído tantos perjuicios a la iglesia del Dios vivo, creando creyentes nominales sin principios (Salmos 119:11).

La búsqueda de la excelencia como patrón divino debe aplicarse en todos los aspectos de nuestra vida. La excelencia no se adquiere mediante patrones humanos. Se produce mediante la acción del Espíritu Santo en nosotros. Debemos alimentar el deseo expresado en las palabras del salmista David en Salmos 143:10: «Enséñame a hacer tu voluntad» (Proverbios 11:20; 2 Timoteo 3:17). Seamos reconocidos como «pequeños Cristos», reflejando la gloria de Él en este mundo perverso (1 Juan 2:6; 2 Corintios 5:20).

Vivimos en un mundo corrompido por el pecado. La Biblia dice que al final de los tiempos se «multiplicará la maldad», demostrando que cada día habrá más pecado en nuestro medio. Los días que antecederán a la vuelta de Cristo serán como los días de Sodoma y Gomorra. En ese sentido, la Palabra de Dios nos aconseja que tengamos la mente de Cristo y que jamás nos conformemos al modelo de un mundo contaminado por el pecado (1 Corintios 2:16; Romanos 12:2; Proverbios 4:23; Hebreos 13:16).

Debemos no solo no conformarnos sino, como líderes, no traer ni permitir que esos modelos, la secularización y el sincretismo se adentren en nuestros templos. Nuestra mente debe estar puesta en todo lo que es puro, pues nuestros pensamientos serán la guía de nuestras acciones.

La excelencia comienza en nuestras mentes. Ser un líder con excelencia comienza cuando aplicamos el texto de Filipenses 4:18 a nuestras vidas. Comienza en nuestras manos, en el ambiente en el que somos responsables. Es nuestro trabajo que debe ser ofrendado a Dios, no por intereses mezquinos, carnales y que desagradan al propio Creador. Si estamos decididos a ser los mejores, comencemos alejando los pensamientos que desagradan a Dios y hagamos el bien. Hacer el bien sin mirar a quién. Si queremos tener un trabajo de excelencia, debemos comenzar por nuestros pensamientos. Que tomemos decisiones con excelencia. Comencemos a pensar como piensa Cristo. B.H. Clendennen, de la Escuela de Cristo, enseñaba: «La Biblia dice que debemos tener la mente de Cristo. La habilidad de un pianista está más en su mente que en sus dedos. Si yo pudiese tomar la mente de un pianista y colocarla en la mía, tendría la misma capacidad de tocar que él. Si tenemos la mente de Cristo, que es el resultado de nuestras decisiones, entonces también tendremos la misma habilidad de Cristo: “En mi nombre, expulsarán demonios (…)”»

Para alcanzar la excelencia del modelo divino, habrá siempre una exigencia en nuestras decisiones. Ser excelente no nace con nosotros, no viene de la cuna, sino que es el fruto de las decisiones que tomamos durante nuestro caminar y formación como personas y ministros. Representamos a Jesús en la tierra y debemos ser ejemplo en todo.

La secularización sin precedentes de la iglesia contemporánea y la «teología coaching», donde lo que importa es el cliente y cómo agradarlo, contrastan con el evangelio del arrepentimiento y con la predicación de la cruz. La transformación de las vidas no es más importante, resultando en una predicación de un evangelio débil, sin transformación. Las iglesias se están transformando en ámbitos que no imaginábamos: templos totalmente secularizados siguiendo el modelo de un teatro, no siendo dignos de un lugar de culto a Dios. Fiestas mundanas, como el carnaval, y paganas, como otras fiestas, con todos sus artilugios, están siendo traídas dentro de los templos, en el medio del lugar de la congregación de los santos, cambiando lo divino y santo por aquello que es mundano y profano.

Debemos urgentemente volver a apreciar la excelencia de la predicación del evangelio, con un mensaje Cristo céntrico, donde el pecado es combatido y el nombre de Jesús es glorificado.

Que volvamos a buscar a toda costa el poder de Dios, quitando los subterfugios mundanos y carnales de en medio de nosotros.

Sobre el autor

Álvaro Lopez Braun es pastor, líder de la AD en Farroupilha (RS), Brasil. Es Licenciado en Teología otorgado por la FATE-CH, 2º secretario ejecutivo de la Secretaría de Misiones de las Asambleas de Dios en Río Grande do Sul (SEMADER-GS) y miembro del Consejo de Comunicación y Prensa de la CGADB.


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