
«Examináis las Escrituras porque vosotros pensáis que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí» (Juan 5:39). Encontramos muchas órdenes emitidas por el Señor Jesús a su iglesia: «Predicad», «Enseñad», «Bautizad» y «Amad», que figuran como ejemplos. Sin embargo, el texto arriba mencionado, como fundamento para esta temática, da a entender otra orden imperativa que no puede ser despreciada ni ignorada por la iglesia. Jesús no estaba aquí ordenando a los líderes religiosos judíos que leyeras las Escrituras, sino afirmando que ellos ya las leían pero no lo hacían de forma correcta.
El Evangelio de Juan fue el último en ser escrito, y este Libro contiene peculiaridades y narrativas específicas con respecto a la persona, vida y obra de Jesús, que los tres Evangelios sinópticos –Mateo, Marcos y Lucas- no poseen. Y una de esas narrativas particulares está relacionada con el milagro del paralítico del tanque de Betesda (Juan 5:1-15), y de la declaración y argumentación del Nazareno a los judíos de que Él era el Hijo de Dios y, consecuentemente, igual al Padre (Juan 5:16-47).
En medio de su apología y enseñanza de aquel día, que era sábado, y que por esa razón los líderes judíos lo criticaban y perseguían, el Maestro los interpela acerca de examinar las Escrituras (v. 39). ¿A qué Escritura ellos debían recurrir? Los cristianos de la actualidad no tendrían dudas en responder: Toda la Santa Biblia. Pero, como ya he mencionado, el Evangelio de Juan fue el último en ser escrito y es una de las últimas obras de todo el canon del Nuevo Testamento. El primer Libro del Nuevo Testamento fue escrito aproximadamente 20 años después de la resurrección de Cristo. Hoy tenemos el privilegio de examinar los dos Testamentos, pero los nuevos en la fe cristiana de aquellos días poseían únicamente el Antiguo Testamento. Por eso, la pregunta es: ¿Qué Escritura examinar? Jesús está hablando de examinar los escritos veterotestamentarios. Claro que debemos estudiar toda la Biblia, pero Jesús aquí se estaba refiriendo al Antiguo Testamento.
En este momento de su discurso, Jesús no ordena a aquella generación que mire hacia adelante, a las informaciones que se escribirían y serían canonizadas, sino que les pide a los líderes religiosos de su época que analizaran el contenido escrito del Antiguo Testamento. De esta manera, no lo rechazarían y mucho menos los perseguirían hasta la muerte, sino que antes se alegrarían y enseñarían al pueblo: «¡Encontramos al Mesías!» No hay condiciones mínimas para creer y anunciar si no tenemos el principio de examinar las Escrituras y encontrar a Jesús (Juan 5:39). Lamentablemente, hay muchos cristianos en la actualidad que rechazan total o parcialmente el A.T. Por otro lado, así como los «judíos» (vv. 16-18) –término dentro de esta perícopa alusivo a los fariseos, los escribas, los sacerdotes y los ancianos-, que, al examinar los textos de la Antigua Alianza, encontraban piedras para apedrear a la mujer adúltera, falta de fe en la transformación de los publicanos y pecadores, y acusaban a Jesús por haber operado el milagro el día sábado, así también muchos ministerios, líderes y cristianos actuales encuentran de todo en los escritos canónicos del A.T.: misticismo exagerado, supersticiones y magia en símbolos judíos, falsas unciones y ministerios inexistentes, pero no logran encontrar al Cristo anunciado, prometido y revelado en la Ley, en los profetas y en los Escritos.
Jesús, en la plenitud de su humildad, continúa su diálogo de demostración afirmando, a través del testimonio ajeno, que Él es el Mesías. Primer testigo: El Padre (vv. 19-23). Segundo testigo: Juan el Bautista (vv. 32-35). Tercer testigo: el mismo Moisés (vv. 45-47). Cuarto testigo: la misma Palabra escrita (v. 39).
Al observar el cuarto testigo, el testimonio de la Palabra, Jesús alegaba en defensa de su mesianismo, tanto como de su filiación unigénita y de la consecuente igualdad divina, que lo importante era creer, pues ya todo estaba revelado y escrito. En varios pasajes narrados por los evangelistas sobre los eventos, hechos y obras realizados por Jesús, es posible observar que Él traía luz y conocimiento a sus oyentes con respecto a aquello que estaba escrito acerca de Él. El evangelista Lucas narra el episodio en el que Jesús entra en una sinagoga de Nazaret, y el príncipe de la sinagoga le concede al visitante de aquel sábado la oportunidad de realizar la lectura y le ofrece leer el Libro del profeta Isaías, donde Él deliberadamente lee Isaías 61:1-2, y luego de la lectura afirma: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que habéis oído» (Lucas 4:14-21). Con esta ratificación, el verbo encarnado está transmitiendo a su público el mensaje: «Los estoy ayudando a examinar las Escrituras».
El Cristo vivo pulía sus diamantes (discípulos), extraía de ellos todas sus dudas y los llenaba de toda determinación y autoridad a través de y por la Palabra. Aquellos hombres, que fueron discipulados entrenados en la práctica por el Maestro, al contemplar todo el flagelo seguido de la crucifixión, la muerte y la sepultura, fueron completamente conmocionados por las circunstancias y el miedo. Lucas registra que, el mismo día de la resurrección, el Señor se les aparece a los dos discípulos en el camino a Emaús, los cuales estaban totalmente desilusionados. Nuevamente el Maestro examina las Escrituras y demuestra a los discípulos fragilizados que todo estaba escrito y debía suceder. «Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían» (Lucas 24:27). Ellos comprendieron y volvieron a Jerusalén con todo ímpetu.
Para concluir este tema, recordemos al apóstol Pedro, en su primer sermón, luego de examinar las Escrituras y aplicar las verdades Cristo-céntricas, lo que tuvo como resultado cerca de 3 mil almas que recibieron a Jesús como su Salvador personal. ¿Qué contenía ese mensaje? Basta con examinar el contenido de Joel 2:22 y Salmos 16 y 110. Que repose sobre nosotros la gracia del Señor para continuar examinando el Antiguo Testamento y encontrar el factor de mayor relevancia para nuestra vida: ¡Jesucristo, nuestro Salvador!
Sobre el autor:
Gesiel Pereira es líder de la AD en Rodeio (SC), Brasil; es Director teológico de la Facultad FAEST, profesor de Teología y escritor.
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